jueves, 6 de septiembre de 2007

Luis Lumbreras habla sobre el atraso de Latinoamerica.


Holas, encontré hoy en el diario La Nación de Argentina una entrevista al reconocido arqueólogo peruano Luis Lumbreras, autor de los libros EL IMPERIO TAWANTINSUYU (SIGLOS XIV-XVI D.C.), VIOLENCIA Y MENTALIDAD COLONIAL EN EL PERÚ. Fundamentos para una crítica de la razón colonial, MACHUPICCHU. Historia, Sacralidad e Identidad, etc.

En ella responde sobre cuestiones de la importancia del patrimonio cultural de los países de Latinoamérica y del riesgo y amenazas que sufren cuando ciertas piezas son comercializadas fuera de su contexto/país y pierden esa rica información histórica que lleva a cuestas. Se remite a declarar sobre las posibles causas de la idiosincracia latinoamericana que nos llevaría al retraso a comparación con los países europeos u occidentales por decir así. Y un tema muy importante, el cuidado que se debería tomar con los centros arqueológicos de nuestro país.


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Los intelectuales del mundo y LA NACION


"Copiar lo que hace Europa nos condena al subdesarrollo"
Luis Lumbreras, arqueólogo peruano, analiza el atraso en América latina


Por Carmen María Ramos Para LA NACION

"Nos faltó comprender que no teníamos que hacer el mismo recorrido que los europeos para llegar a ser como ellos", afirmaLuis Guillermo Lumbreras, uno de los antropólogos y arqueólogos más destacados de América latina. (sic)


El investigador peruano obtuvo su doctorado en la limeña Universidad de San Marcos, la más antigua de América, en 1960. Autor de libros ya clásicos en la especialidad, como Arqueología peruana, arqueología de la América andina y Origen de las civilizaciones del Perú, Lumbreras reconoce que su vocación por andar desenterrando huesos, tiestos y cacharros de la etapa prehispánica nació en buena medida de la necesidad de entender por qué si el Perú, cuando llegaron los españoles, era un país floreciente, cinco siglos después es uno de los países más atrasados de América latina.


No sin desconcierto, se pregunta también por qué, si en la actualidad se dispone de más tecnología y el mundo ha avanzado en el manejo de las condiciones materiales que hacen a la calidad de vida de las personas, nuestros pueblos más bien siempre parecen declinar.


"Somos el continente de la pobreza, de la postergación, y todo ésto se fue forjando en quinientos años, que fueron también el marco temporal en el que se fraguó el mundo capitalista. América latina nació cuando nacían los tiempos modernos y creció mientras en Europa y los Estados Unidos crecía y se desarrollaba la revolu­ción industrial. Sin embargo, los resultados fueron muy dispares", dice.


Lumbreras ha sido director del Museo Nacional de Arqueología y Antropología del Perú, representante de Perú en el Comité del Patrimonio Mundial para América Latina y el Caribe y, más recientemente, director del Instituto Nacional de la Cultura, durante la presidencia de Alejandro Toledo.


De paso por Buenos Aires para dictar una clase en un seminario internacional de la Cátedra Unesco de Turismo Cultural –que llevan adelante la Universidad Nacional de Tres de Febrero y la Asociación Amigos del Museo Nacional de Bellas Artes–, Lumbreras destacó la buena predisposición argentina para restituir al Perú cerca de veinte mil piezas incautadas en un operativo de la Policía Aeronáutica Nacional (PAN), que actualmente están bajo proceso judicial.


"Tristemente, al haberlas extraído de sus contextos originales, estas piezas perdieron todo valor documental", se lamenta.


–¿Qué opina de las colecciones de objetos arqueológicos en manos privadas?

–Que deben quedar donde están. La ley peruana, que es de 2004, apunta a frenar la destrucción de nuevos sitios, a evitar que se siga saqueando. Pero lo que ya se destruyó no tiene regreso. Los objetos arqueológicos que estén en manos privadas o del Estado y que no tengan certificada una procedencia adecuada los podemos registrar, pero no estamos exigiendo una devolución. Incluso, registrado el objeto por el coleccionista, puede venderlo dentro del país. Estamos tratando de trabajar con ellos para que tomen conciencia de que lo que deben hacer es apoyar este criterio de frenar nuevos saqueos. Si tienen colecciones con objetos bien registrados, que los guarden, pero que nos ayuden a impedir nuevos vaciamientos. Lo ilegal debe ser efectivamente ilegal y no una ficción donde se supone que algo es ilegal, pero todos lo hacen. El objeto es válido en tanto nos habla de una época, de una manera de pensar, de ser, y todo esto se pierde con las colecciones no controladas. Hay mucha gente que está dispuesta a intervenir desde la actividad privada poniendo su colección a disposición del público, de la educación. Nosotros creemos que ésa es la función.


–¿Cómo romper el círculo vicioso de pobreza y destrucción del patrimonio arqueológico en América latina?

–Es un tema preocupante en nuestra región andina, porque el arte, especialmente el prehispánico, pero también el colonial, es cada vez más requerido en el mercado internacional de antigüedades y objetos exóticos. Hay una revalorización a raíz del nacimiento del arte abstracto, y luego del arte simbólico, que está empezando a tener una fuerte presencia en los sectores cultos europeos y norteamericanos. El crecimiento del mercado con relación a la Argentina es espectacular. Objetos de Patagonia y del NOA, particularmente de la cultura de la Aguada, hoy se ven en casi todos los museos norteamericanos, algo impensable hace apenas veinte años. Han descubierto un filón en el que antes nadie estaba muy interesado. Lo que no saben es que hay muchísima gente falsificando piezas exactamente iguales.


–COmo especialista en el tema, ¿qué opina de la presión turística sobre sitios que son patrimonio de la humanidad, como Machu Picchu, donde hay un alerta acerca de su fragilidad?

–El turismo existe y está un poco al margen de nuestras posibilidades detenerlo. Tampoco creo que sea justo frenarlo, porque la gente quiere conocer. Entonces, el problema es cómo regular el manejo y uso de estos bienes patrimoniales para que no se destruyan y preservarlos para las futuras generaciones. En el caso de Machu Picchu, un flujo de cinco mil personas por día es un número bastante ponderado y en este momento estamos alrededor de esa cifra. El problema es que todavía nos falta regular en qué condiciones se va a acceder al lugar. Se está trabajando en esa regulación para compaginar intereses, porque para los peruanos el turismo es un elemento económicamente importante. –Generalmente se cree que los malos de la película son los operadores, pero a veces son las mismas comunidades locales las que permiten cualquier cosa con tal de no perder ingresos… –Mi experiencia es que, en el Perú, todos quieren tener su Machu Picchu. El turista es un cliente a conquistar, pero sin olvidar que trabajamos sobre zonas frágiles, que deben ser protegidas.


–¿Dónde está el germen del atraso y la postergación de nuestros países, cinco siglos después de la colonización española?

–Yo entiendo que fue la condición colonial la que impidió que avanzáramos con un proyec­to propio. Y no porque los europeos fueran buenos o malos, de espíritu colonizador o conquistadores fabulantes, sino porque el proyecto ecuménico de Occidente fracasó en todas aquellas partes del mundo en donde las condiciones materia­les de existencia no se correspondían con las que fueron abordadas por la exitosa historia de Europa. Nos faltó comprender que no teníamos que hacer su mismo recorrido para llegar a ser algún día como ellos.


–¿Por qué la revolución industrial no nos afectó de la misma manera a los latinoamericanos y a los norteamericanos, que han logrado una inserción plena y un liderazgo en la historia de Occidente, mientras que nosotros nos seguimos debatiendo en la marginalidad del llamado subdesarrollo?

–Las explicaciones suelen ser justificativas y se conforman con encontrar presuntos culpables: los españoles flojos, comodones y matachines o los indígenas atrasados. Ante los ojos de los europeos, este era un mundo primiti­vo, relegado en sus costumbres e insatisfactorio en sus nece­sidades; un mundo que requería modernización para ser habi­table por ellos. Su tarea consistió, desde el principio, en adecuarlo a las demandas de sus hábitos construyendo ciuda­des, organizando la población y la producción de acuerdo con sus modelos y costumbres.


–¿No fuimos creativos para encontrar nuestras propias soluciones?

–Tanto no lo fuimos que nuestros campos se llenaron de nuevas plantas y animales. Se fundaron ciudades y se montó una infraestructura productiva destinada a lograr una fiel copia de los países modelo de Occi­dente; la misma alimentación, los mismos vestidos, los mis­mos sistemas. Nuestro éxito y desarrollo potencial se comenzó a medir según un índice de modernidad que no es otra cosa que la proximidad relativa a las formas de producción y de vida del mundo occidental. Eso derivó muy pronto en segregación y marginalidad de costumbres y gentes aboríge­nes, convirtiendo en estigma la conducta indígena. Todo esto tuvo siempre un costo muy alto para nosotros, porque nuestras tierras tropicales y cordilleranas no eran necesariamente aptas para los productos y los procedimientos propios de las praderas y los bosques fríos. Desde muy tem­prano fue menester acudir a la importación de bienes de capi­tal y de consumo para satisfacer el paradigma colonial. La in­dustria de punta llega a nuestras tierras mientras tenga­mos con qué pagar. Después nos convertimos en deudores moro­sos y la tecnología se va haciendo cada vez más lejana y cos­tosa. Nuestra condición de occidentales pobres va empeo­rando, alejándonos más y más de los países modelo.
Por supuesto que creo que no tiene sentido pensar en volver a un nuevo imperio incaico.
No se trata de volver al pasado, sino de construir el futuro, pero a partir de un punto de partida sólido de relación entre nosotros y nuestras condiciones materiales concretas.