lunes, 15 de septiembre de 2008

¿Existe el racismo cultural?

Sigo tomando artículos de La República, esta vez escrito hoy Lunes por la escritora Rocío silva Santisteban bajo el título de este post en su Kolumna Okupa, y en el cual toma como punto la racismo, pero ya no desde las cuestiones de color de piel o raza en sí, sino de un "racismo cultural".
Interesante tema a discutir porque para muchos es evidente que este tipo de acciones discriminatorias en varios lugares y acontecimientos en nuestra sociedad.
En lo personal, nose cuál tipo de racismo es el peor, pero si en esencia es la discriminación el motivo, creo que los dos son tan peores como actos. Lamentablemente muchos caemos en esa discriminación por el simple hecho que manejamos un tema o una disciplina mejor que el "otro", sin darnos cuenta que ese otro individuo nos puede enseñar lo que nosotros desconocemos.

Aquí el artículo.

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Kolumna Okupa ¿Existe el racismo cultural?
Por Rocío Silva Santisteban

La mayoría de organismos, públicos o privados, gubernamentales o no, hacen un énfasis en el cambio de leyes para organizar los cambios en las prácticas autoritarias o racistas o discriminadores o auto-excluyentes. Se considera que los cambios de orden simbólico vendrán con el tiempo. Caerán por su propio peso, o algo así.

Esto es un gran error, porque es necesario primero "hacer conciencia" sobre las formas que tenemos para vincularnos simbólicamente con los demás y entender que la manera de formar una nación democrática e inclusiva será no sólo tolerando al otro –en este contexto la tolerancia casi se entiende como "aguante"– sino entendiendo que nosotros no existimos sin el otro. La supervivencia de la especie siempre será comunitaria. Entre todos. Sin el rostro del otro que nos devuelve nuestro propio rostro no podemos ni ser ni existir.

¿Cómo hemos construido la "otredad" en el Perú contemporáneo sino construyendo alteridades a las que miramos desde dos perspectivas que no ayudan para nada: con desprecio o con asco y miedo?

Es así que, por ejemplo, en un debate sobre lenguas originarias en el Congreso del Perú el año pasado, la discusión entre Martha Hildebrandt y María Sumrire se produjo desde dos jerarquías organizadas de manera sustancialmente diferente. Hildebrandt se asume "doctora", es decir, con conocimiento, pero además, blanca y criolla y le gusta hacer énfasis de su apego al autoritarismo –"me encantan los autócratas" ha comentado hace poco refiriéndose a Alan García y su supuesta mano dura– por eso mismo desprecia en el discurso y los hechos a Sumire, a quien no respeta porque considera que "no tiene el conocimiento".

Pero además porque, como sostiene lúcidamente Virginia Zavala en un artículo publicado en El Comercio, ejerce su dominio aposentada en una supuesta "superioridad cultural". Se trataría de una especie de "racismo cultural".

Este "racismo cultural", que no está centrado en el color de la piel sino, precisamente, en la lengua de origen o en la formación educativa del otro, es decir, en los "errores" de pronunciación del castellano, quechuizándolo, o en los problemas por "ignorar" el conocimiento –cuando no tendrían por qué no ignorarlo– es otra de las maneras para acentuar las jerarquías, sobre todo en ese espacio construido desde las jerarquías letradas y lingüísticas. Lo que el crítico uruguayo Ángel Rama llamó "la ciudad letrada".

La "ciudad letrada" es un término que introduce Rama para vincular los espacios de poder político que organizan el imaginario simbólico de un país. Estos espacios muchas veces están vinculados estrechamente con sus clases letradas –abogados, jueces, legisladores, ministros, pero también intelectuales y escritores– y donde se producen las leyes y normativas.

Hoy en día la "ciudad letrada" se ha desterritorializado y también anida en espacios académicos fuera de América Latina como los centros de investigación y universidades con programas de estudios latinoamericanos en Estados Unidos y Europa, las revistas y diarios en español e inglés, entre otros.

Algunos autores más radicales –Jean Franco– consideran que la ciudad letrada está "cayendo" y resurgiendo una ciudad mediática que, a su vez, organiza la idea de nación desde sus planes y perceptivas.

En todo caso recordemos que son las élites las que manejan los hilos, tanto de la ciudad letrada como de la nueva ciudad mediática. El dominio se ejerce desde las élites organizando a las grandes mayorías como seres a los cuales no se les debe tutelar, sino desechar de arranque.

Esto es muy preocupante pues de alguna manera revela, y sigo parafraseando a Virginia Zavala, que el multiculturalismo se ha vuelto un asunto totalmente decorativo y sirve como un dispositivo de dominación porque no se cuestiona la desigualdad económica. Este multiculturalismo es el velo que permite ligeros cambios para seguir manteniendo todo como siempre: la desigualdad, la subalternidad, los discursos autoritarios.